Una mañana cualquiera en un día cualquiera. Abrí los ojos. Apoyé la mano en su lado de la cama para comprobar lo que ya sabía de antemano: él no estaba. Un escalofrío me recorrió el brazo izquierdo. Las sábanas estaban frías, seguramente ya se había marchado hace mucho tiempo. Instintivamente acaricié la alianza con el dedo pulgar de la misma mano. Para mí ya no significaba nada. Me incorporé y me metí en el baño, cerrando la puerta con pestillo, por mera costumbre. Apoyé las manos en la pileta y me miré al espejo. Poco a poco iban pasando por mi cabeza diferentes imágenes, sonidos y palabras. Por un momento pensé que esa pesadilla estaba ocurriendo de nuevo. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, pero mi expresión seguía neutra. No me daba reconocido detrás de tantos golpes, moratones y arañazos. Apenas se podía reconocer el color de mis ojos, ya que el derecho estaba completamente cerrado a causa de el moratón y el izquierdo estaba teñido de rojo. Dí un paso atrás. Me quité la camiseta con miedo a lo que pudiera encontrar. Le dí la espalda al espejo y giré la cabeza. No descubrí nada nuevo. Había algunas marcas recientes, de un rojo carmín. Después estaban otras, ya cicatrizadas, que era capaz de decir la fecha exacta, una a una, en la que fueron hechas. Me toqué el hombro. Tuve que encogerme porque un sollozo me llenó el cuerpo, de la cabeza a los pies. Las piernas me fallaban. El suelo frío de aquel cuarto de baño era mi único consuelo. Nada ni nadie entendería lo que me está pasando. Enjugué mis lagrimas y conseguí la fuerza suficiente como para levantarme y plantarle cara de nuevo a aquel reflejo. Intenté sonreír, pero el resultado fue una mueca desagradable. En ese momento mi memoria quiso jugarme una mala pasada. Me hizo recordar todos aquellos momentos a su lado, sentirme querida. Mi vida era lo que siempre había querido. Hasta ese día, cuando él decidió cambiarlo todo. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. El momento duró apenas unos segundos. Una bofetada. Para él fue una simple bofetada. Para mí fue mucho más. En aquel momento fue como si alguien cogiese mi vida, hecha de cristal, y la tirase contra un muro. Vi todos mis recuerdos romperse en mil pedazos. Ahora es como si andase descalza sobre ellos, cada vez que piso alguno me produce un dolor tan agudo que me provoca una sensación parecida al placer y que me deja un sabor amargo el la boca.
Cuando conseguí alejarme de todos estos pensamientos, volví a la realidad. Me acerqué de nuevo al lavabo y, sin dudar ni un segundo, me quité la alianza y la arrojé al desagüe. Al escuchar el tintineo de el pequeño anillo caer, me di cuenta de que era verdad. Me sentía vulnerable, más débil de lo normal. Pero él se había ido. Ya no volvería a pasar por esto nunca más. Sería feliz. Entonces fue cuando llegó a mi garganta aquel presentimiento que me dejó sin respiración. Una idea se pasó por mi cabeza. No me hacía falta comprobar nada. Sabía perfectamente que era aquella sensación, aunque no la hubiese vivido antes. La tortura no había terminado. Agarré mi vientre y me di a entender, a mi misma, que la sangre de él corría por mi tripa. Entonces rompí a llorar. Siempre estaríamos unidos por algo que creamos juntos. Quizás tenga sus ojos, esos ojos que hacían perderme en ellos y ver el universo. Esos ojos que acompañaban a una cara de satisfacción cuando me veían sufrir. Quizás tenga sus manos. Esas manos grandes que me daban seguridad. Esas manos grandes que conseguían hacerme sentir inferior. Quizás tenga su corazón, un corazón oscuro disfrazado de amor.
