Cuando conseguí alejarme de todos estos pensamientos, volví a la realidad. Me acerqué de nuevo al lavabo y, sin dudar ni un segundo, me quité la alianza y la arrojé al desagüe. Al escuchar el tintineo de el pequeño anillo caer, me di cuenta de que era verdad. Me sentía vulnerable, más débil de lo normal. Pero él se había ido. Ya no volvería a pasar por esto nunca más. Sería feliz. Entonces fue cuando llegó a mi garganta aquel presentimiento que me dejó sin respiración. Una idea se pasó por mi cabeza. No me hacía falta comprobar nada. Sabía perfectamente que era aquella sensación, aunque no la hubiese vivido antes. La tortura no había terminado. Agarré mi vientre y me di a entender, a mi misma, que la sangre de él corría por mi tripa. Entonces rompí a llorar. Siempre estaríamos unidos por algo que creamos juntos. Quizás tenga sus ojos, esos ojos que hacían perderme en ellos y ver el universo. Esos ojos que acompañaban a una cara de satisfacción cuando me veían sufrir. Quizás tenga sus manos. Esas manos grandes que me daban seguridad. Esas manos grandes que conseguían hacerme sentir inferior. Quizás tenga su corazón, un corazón oscuro disfrazado de amor.
Si entre los dedos se me escapa volando una flor, yo la dejo que me marque el camino.
domingo, 28 de octubre de 2012
lágrimas de tormenta
Una mañana cualquiera en un día cualquiera. Abrí los ojos. Apoyé la mano en su lado de la cama para comprobar lo que ya sabía de antemano: él no estaba. Un escalofrío me recorrió el brazo izquierdo. Las sábanas estaban frías, seguramente ya se había marchado hace mucho tiempo. Instintivamente acaricié la alianza con el dedo pulgar de la misma mano. Para mí ya no significaba nada. Me incorporé y me metí en el baño, cerrando la puerta con pestillo, por mera costumbre. Apoyé las manos en la pileta y me miré al espejo. Poco a poco iban pasando por mi cabeza diferentes imágenes, sonidos y palabras. Por un momento pensé que esa pesadilla estaba ocurriendo de nuevo. Una lágrima se deslizó por mi mejilla, pero mi expresión seguía neutra. No me daba reconocido detrás de tantos golpes, moratones y arañazos. Apenas se podía reconocer el color de mis ojos, ya que el derecho estaba completamente cerrado a causa de el moratón y el izquierdo estaba teñido de rojo. Dí un paso atrás. Me quité la camiseta con miedo a lo que pudiera encontrar. Le dí la espalda al espejo y giré la cabeza. No descubrí nada nuevo. Había algunas marcas recientes, de un rojo carmín. Después estaban otras, ya cicatrizadas, que era capaz de decir la fecha exacta, una a una, en la que fueron hechas. Me toqué el hombro. Tuve que encogerme porque un sollozo me llenó el cuerpo, de la cabeza a los pies. Las piernas me fallaban. El suelo frío de aquel cuarto de baño era mi único consuelo. Nada ni nadie entendería lo que me está pasando. Enjugué mis lagrimas y conseguí la fuerza suficiente como para levantarme y plantarle cara de nuevo a aquel reflejo. Intenté sonreír, pero el resultado fue una mueca desagradable. En ese momento mi memoria quiso jugarme una mala pasada. Me hizo recordar todos aquellos momentos a su lado, sentirme querida. Mi vida era lo que siempre había querido. Hasta ese día, cuando él decidió cambiarlo todo. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. El momento duró apenas unos segundos. Una bofetada. Para él fue una simple bofetada. Para mí fue mucho más. En aquel momento fue como si alguien cogiese mi vida, hecha de cristal, y la tirase contra un muro. Vi todos mis recuerdos romperse en mil pedazos. Ahora es como si andase descalza sobre ellos, cada vez que piso alguno me produce un dolor tan agudo que me provoca una sensación parecida al placer y que me deja un sabor amargo el la boca.
Cuando conseguí alejarme de todos estos pensamientos, volví a la realidad. Me acerqué de nuevo al lavabo y, sin dudar ni un segundo, me quité la alianza y la arrojé al desagüe. Al escuchar el tintineo de el pequeño anillo caer, me di cuenta de que era verdad. Me sentía vulnerable, más débil de lo normal. Pero él se había ido. Ya no volvería a pasar por esto nunca más. Sería feliz. Entonces fue cuando llegó a mi garganta aquel presentimiento que me dejó sin respiración. Una idea se pasó por mi cabeza. No me hacía falta comprobar nada. Sabía perfectamente que era aquella sensación, aunque no la hubiese vivido antes. La tortura no había terminado. Agarré mi vientre y me di a entender, a mi misma, que la sangre de él corría por mi tripa. Entonces rompí a llorar. Siempre estaríamos unidos por algo que creamos juntos. Quizás tenga sus ojos, esos ojos que hacían perderme en ellos y ver el universo. Esos ojos que acompañaban a una cara de satisfacción cuando me veían sufrir. Quizás tenga sus manos. Esas manos grandes que me daban seguridad. Esas manos grandes que conseguían hacerme sentir inferior. Quizás tenga su corazón, un corazón oscuro disfrazado de amor.
Cuando conseguí alejarme de todos estos pensamientos, volví a la realidad. Me acerqué de nuevo al lavabo y, sin dudar ni un segundo, me quité la alianza y la arrojé al desagüe. Al escuchar el tintineo de el pequeño anillo caer, me di cuenta de que era verdad. Me sentía vulnerable, más débil de lo normal. Pero él se había ido. Ya no volvería a pasar por esto nunca más. Sería feliz. Entonces fue cuando llegó a mi garganta aquel presentimiento que me dejó sin respiración. Una idea se pasó por mi cabeza. No me hacía falta comprobar nada. Sabía perfectamente que era aquella sensación, aunque no la hubiese vivido antes. La tortura no había terminado. Agarré mi vientre y me di a entender, a mi misma, que la sangre de él corría por mi tripa. Entonces rompí a llorar. Siempre estaríamos unidos por algo que creamos juntos. Quizás tenga sus ojos, esos ojos que hacían perderme en ellos y ver el universo. Esos ojos que acompañaban a una cara de satisfacción cuando me veían sufrir. Quizás tenga sus manos. Esas manos grandes que me daban seguridad. Esas manos grandes que conseguían hacerme sentir inferior. Quizás tenga su corazón, un corazón oscuro disfrazado de amor.
domingo, 21 de octubre de 2012
infierno en mi cabeza
El mundo de la autodestrucción, tan curioso como preciso. Oscuro y claro a la vez. Capaz de crucificar todos tus sentidos y emociones. Un espacio en el que si decides entrar rara vez consigues salir. Hacerse daño para no sentir dolor. ¿Tiene lógica? Pocas cosas la tienen. Muchos se autodestruyen porque piensan que esa es la única manera de encontrarse a ellos mismos. Creen que el dolor se siente por falta de costumbre. Pero no es así. Siempre vamos a sentirlo. El dolor es tan necesario como la risa, solo que en pequeñas dosis. Aunque todo depende de la cada uno. Hay personas que necesitan sentir dolor para sentirse vivos. A otros nos basta con abrir los ojos cada mañana para poder ver amanecer.
Me veo viviendo a ciegas
Quiero convertirme en algo que consiga entrar en tu cabeza o formar parte de ella.
Algo que te abra una brecha y que haga que fluya tu sangre hasta el cielo.
Algo que te cosa al horizonte y que te permita ver más allá.
Algo que consiga mantenerte despierto en la oscuridad.
Algo que te ayude a tomar las decisiones más difíciles.
Algo que te duerma o que consiga abrirte los ojos.
Algo que te mire todas las noches, a todas horas.
Algo que quieras tener a tu lado siempre.
Algo que te encienda, que te apague.
Algo que te apoye pase lo que pase.
Algo que te rompa o que te seque.
Algo que te coma por dentro.
Algo que te afecte.
Algo que tire de ti.
Algo necesario.
Algo simple.
Algo.
lunes, 1 de octubre de 2012
pánico en los pulmones
Solo quería llegar a casa. Tumbarse en su cama y taparse con una canción. Sentir sus latidos. Es lo que necesitaba en ese momento. Sentir que estaba sola, sin compañía.Soledad. Frío. Necesitaba asegurarse de que nadie iba a hacerle daño. Se encerró en su cabeza sin saber que es posible defraudarse a uno mismo y que, cuando es así, duele mil veces más que cuando eres decepcionado por otra persona. Estallas por dentro, y lo peor es que nadie se da cuenta.
quiero hacerte un regalo
Sé que no vas a poder leer esto. También sé que puede parecer de locos escribir para ti, pero tengo que hacerlo. Es mi escudo, mi manera de demostrar al mundo que tengo varias caras. Te fuiste, te marchaste para no volver. A veces me olvido, y pienso que en cualquier momento voy a poder verte o abrazarte. Que en cualquier momento voy a poder hacer avanzar mi pasado hasta ahora. Porque eres parte de mi pasado, soy como soy gracias a ti. Formas parte de mi corazón, de mis manos, de mis ojos y de mi risa. Eres mi regalo, el regalo más grande que me han hecho nunca. Que sepas que nuestra canción nunca acabó ni nunca terminará. Bailamos?
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