Si entre los dedos se me escapa volando una flor, yo la dejo que me marque el camino.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Papiroflexia en el aire

Ella se levantó. Entre suspiros entrecortados caminaba por la habitación. Se acercó a la ventana y la abrió. El viento acarició su cara. Sonrió. Era feliz. Todo era perfecto, siempre lo había sido. Sabía lo que tenía que hacer, no lo dudó ni una vez, pero sería muy difícil despedirse. Tendría que decir adiós a las largas tardes en la playa, a los perfumes, a las miradas cortantes, a su casa, a sus calcetines, a sus amigos más amigos, a sus amigos menos amigos, a su familia, a su pecera con su pez, a las vacaciones, a el amor, a sentir, a el mar, a las caricias y a los besos. Todo quedaría reducido a nada. No serían ni cenizas, ni polvo. Simplemente para ella dejarían de existir. Mientras todo esto se le pasaba por la cabeza, poco a poco se acercó a balcón. Tenía calor pero estaba temblando. Se agarró firmemente a la barandilla. Sentía como le fallaban las piernas. Cerró los ojos. Volvió a sonreír. Entonces fue cuando de verdad creyó en sí misma. Ella tenía el control. Solo ella podía tomar decisiones y solo ella podía saber que era lo mejor. Empezó a tararear. Pero no una canción cualquiera, sino su canción. La única canción que le llenaba de la cabeza a los pies. Su cuerpo se balanceaba involuntariamente al ritmo de esta música. Sin parar de cantar, se sentó en la barandilla. Estaba fría, pero ella no lo notó. Seguía sumergida en aquel tipo de trance musical, del que no tardó demasiado en salir. En cuanto lo hizo se le borró la sonrisa alegre y en su lugar apareció una sonrisa fría y distante. Los ojos se le llenaron de lágrimas que no tardaron demasiado en deslizarse por sus mejillas. En un par de segundos tomó la decisión más valiente de su vida. Soltó las manos y saltó para volar.

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