Ella se levantó. Entre suspiros entrecortados caminaba por
la habitación. Se acercó a la ventana y la abrió. El viento acarició su cara.
Sonrió. Era feliz. Todo era perfecto, siempre lo había sido. Sabía lo que tenía
que hacer, no lo dudó ni una vez, pero sería muy difícil despedirse. Tendría
que decir adiós a las largas tardes en la playa, a los perfumes, a las miradas
cortantes, a su casa, a sus calcetines, a sus amigos más amigos, a sus amigos
menos amigos, a su familia, a su pecera con su pez, a las vacaciones, a el amor,
a sentir, a el mar, a las caricias y a los besos. Todo quedaría reducido a
nada. No serían ni cenizas, ni polvo. Simplemente para ella dejarían de
existir. Mientras todo esto se le pasaba por la cabeza, poco a poco se acercó a
balcón. Tenía calor pero estaba temblando. Se agarró firmemente a la
barandilla. Sentía como le fallaban las piernas. Cerró los ojos. Volvió a
sonreír. Entonces fue cuando de verdad creyó en sí misma. Ella tenía el
control. Solo ella podía tomar decisiones y solo ella podía saber que era lo
mejor. Empezó a tararear. Pero no una canción cualquiera, sino su canción. La
única canción que le llenaba de la cabeza a los pies. Su cuerpo se balanceaba
involuntariamente al ritmo de esta música. Sin parar de cantar, se sentó en la
barandilla. Estaba fría, pero ella no lo notó. Seguía sumergida en aquel tipo
de trance musical, del que no tardó demasiado en salir. En cuanto lo hizo se le
borró la sonrisa alegre y en su lugar apareció una sonrisa fría y distante. Los
ojos se le llenaron de lágrimas que no tardaron demasiado en deslizarse por sus
mejillas. En un par de segundos tomó la decisión más valiente de su vida. Soltó
las manos y saltó para volar.
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